El ser humano es, intrínsecamente, un ser espiritual que siempre va en busca de algo más en su vida, algo que le satisfaga plénamente.
Muchas veces no sabemos qué es éso que buscamos con tanto afán, y nuestra búsqueda se centra en llenar ése vacío con cosas materiales: un coche, más ropa (aunque no nos quepa en el armario), renovar la casa (aunque lo hayamos hecho hace tres o cuatro años y nos endeudemos hasta las cejas)...y así un largo etcétera que no llena ése vacío.
Cuanto más poseamos, menos valor le damos a nuestro interior, más nos olvidamos de las cosas sencillas en donde radica la verdad: nos olvidamos de la humildad, de la sencillez, de la naturalidad, de la belleza interior producto de la inocencia originaria con la que fuimos creados por Dios. Es posible que nos lleguemos a olvidar, de ésta forma, de Dios mismo y veneremos lo material por encima de lo espiritual. Ésa torpeza está ahí, pero podemos reeducarnos en Dios dejando que actúe en nosotros, no actuando nosotros como si fuéramos los dueños y señores de todo lo que nos rodea.
Somos seres espirituales viviendo en el mundo que Dios ha creado para nuestro apredizaje de Él. Sin embargo somos libres; como todo padre, ha dejado en nuestro interior la semilla de Sí mismo, pero nos ha dejado, también, la libertad de actuar por nosotros mismos; de dejar que nos equivoquemos, incluso que le olvidemos aunque Él no se olvide de ninguno de nosotros y nos llame por nuestro nombre constántemente.
Dejémosle actuar en nosotros, y seamos capaces de no dejarnos llevar por lo que dicen o dejen de decir los demás. Hagamos silencio interior y permitámonos escucharle serenamente, haciendo de ésos momentos de diálogo interior con Dios nuestro remanso de paz.
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El ser humano es, intrínsecamente, un ser espiritual que siempre va en busca de algo más en su vida, algo que le satisfaga plénamente.
Muchas veces no sabemos qué es éso que buscamos con tanto afán, y nuestra búsqueda se centra en llenar ése vacío con cosas materiales: un coche, más ropa (aunque no nos quepa en el armario), renovar la casa (aunque lo hayamos hecho hace tres o cuatro años y nos endeudemos hasta las cejas)...y así un largo etcétera que no llena ése vacío.
Cuanto más poseamos, menos valor le damos a nuestro interior, más nos olvidamos de las cosas sencillas en donde radica la verdad: nos olvidamos de la humildad, de la sencillez, de la naturalidad, de la belleza interior producto de la inocencia originaria con la que fuimos creados por Dios. Es posible que nos lleguemos a olvidar, de ésta forma, de Dios mismo y veneremos lo material por encima de lo espiritual. Ésa torpeza está ahí, pero podemos reeducarnos en Dios dejando que actúe en nosotros, no actuando nosotros como si fuéramos los dueños y señores de todo lo que nos rodea.
Somos seres espirituales viviendo en el mundo que Dios ha creado para nuestro apredizaje de Él. Sin embargo somos libres; como todo padre, ha dejado en nuestro interior la semilla de Sí mismo, pero nos ha dejado, también, la libertad de actuar por nosotros mismos; de dejar que nos equivoquemos, incluso que le olvidemos aunque Él no se olvide de ninguno de nosotros y nos llame por nuestro nombre constántemente.
Dejémosle actuar en nosotros, y seamos capaces de no dejarnos llevar por lo que dicen o dejen de decir los demás. Hagamos silencio interior y permitámonos escucharle serenamente, haciendo de ésos momentos de diálogo interior con Dios nuestro remanso de paz.
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